CONOCE USTED ALGO DE ESTO?

MAURICIO MACRI.

Nació en Tandil, egresó del Cardenal Newman y se recibió de ingeniero en la UCA. Fue, casi en su primera juventud, un chico rico colocado por su padre en directorios de empresas gigantescas, casi ininteligibles para cualquiera que mire de afuera, como el 99,9 por ciento de la gente, ese mundo opaco de las corporaciones y los holdings. Mientras Mauricio Macri no era noticia al estilo Hola y no aparecía en notas de sociales porque era un hombre casado y con tres hijos que dedicaba la mayor parte de su tiempo a las empresas de Socma Americana, y más tarde a la presidencia de la automotriz Sevel, Franco, el padre, era el que resistía en su puesto de galán maduro y arrasaba con cuanta fruta fresca le apareciera a mano en la frutera. Franco fue un padre que nunca capituló ni entregó el trono. No lo iba a hacer. El hijo decidió jugar fuerte, pero en otro deporte. Y se lanzó a la presidencia.

La vida pública argentina tuvo que admitir que el delfín de Franco tenía otros planes cuando en 1995 tuvo éxito en lo que fue su primera iniciativa personal, su primera aventura fuera del ghetto de Barrio Parque: la presidencia de Boca. ¿Qué había pasado por la cabeza de ese heredero de riqueza acumulada en pocos años y respaldada por las políticas económicas que instrumentó el golpe de Estado del ’76, al que Franco Macri, como todo el gran empresariado nacional, apoyó sin restricciones?

La situación límite

El 24 de agosto de 1991, Mauricio Macri fue secuestrado y estuvo quince días como rehén de “la banda de los comisarios”. Nadie mejor que él, después de esa experiencia a la que no suele apelar, para adherir con una inevitable cuota de cinismo a los postulados pueriles de Juan Carlos Blumberg cuando argumenta sobre la inseguridad. A Macri, que ya le expropió el apellido a su padre y carga sobre sus espaldas con el liderazgo público del clan, no lo secuestraron lúmpenes marginados, como a Axel Blumberg. Lo secuestraron policías que le hicieron pagar un peaje de riqueza. En el universo de Blumberg, los policías deben aplicar mano dura con los delincuentes. En el universo de Macri ya está claro que los policías y los delincuentes forman parte de la población sacrificable en la aplicación de un modelo.

En ese sótano del barrio de Boedo donde padeció la incertidumbre y la amenaza de los secuestradores, Macri probablemente haya tenido el primer y estremecedor contacto con gente que no pertenecía al mundo de los colegios y las universidades privadas, ni a ninguna crema de ninguna especie. Encadenado a la cama, despersonalizado en el pijama que le habían puesto en lugar del traje con el que había sido secuestrado, Macri vivió ese infierno, del que lo liberó su padre pagando más de setecientos mil dólares. Aun recién salido de la pesadilla, sus declaraciones del momento incluyeron un latiguillo del Falso Light, que es el estilo que lo caracteriza. Cuando lo dejaron ir, describió: “Sé que estaba atrás del autódromo. Vi una luz lejos y empecé a correr sin parar hasta que llegué ahí, subí a un colectivo, un lugar adonde hubiese gente para bajar, no quería estar más solo. Realmente, uno queda un poco cucú”.

Como lo que no mata fortalece, y ésta debería ser una frase PRO, Macri elaboró su secuestro como pudo, haciendo terapia, aunque ha confesado que a lo largo de diez años de análisis habló de muchas cosas pero muy poco de aquellos 15 días de oscuridad. No debe ser el mismo tipo de trauma el que ataca a una persona cualquiera ante esa situación límite, que el que marca a alguien acostumbrado desde la infancia al control de todas las situaciones. El emergente público de esa elaboración existencial que debe haberlo hundido en las profundidades de su carácter fue claro: tres años después anunció que quería ser presidente de Boca Juniors. Salió disparado a convivir, a interactuar y a controlar a gente de esa que tampoco había conocido de chico. Cambió el susurro de su propio dialecto, que hablaban los gerentes de Sevel, por la jerga bostera que acaso le provocaba alguna íntima resonancia.

Recién entonces, porque ya era pertinente, Macri comenzó a pensar en política. En Boca fue reelecto en 1999, y cuatro años más tarde se presentó por primera vez como candidato a jefe de Gobierno de la ciudad. Perdió. Pero tenía paño para esperar. Había pasado la crisis del 2001 y Franco, mientras seguía saliendo cada tanto en Caras con su nueva novia púber, respiraba tranquilo porque había trasladado sus empresas a Brasil y dejar un tendal de desocupados era un problema “del país” y no suyo. Esa parece ser la máxima familiar. Como la deuda privada que les estatizó Cavallo. “El país” se hizo cargo.FUENTE PAGINA /12.-

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