¿Quiénes pueden vivir en aislamiento?

Si más adelante, debemos vivir aislados y encerrados para que no nos deformemos por la radiactividad, debemos tomar conciencia hoy de cómo debe ser nuestro comportamiento. En el programa mundial de televisión, en todos los idiomas, «Gran Hermano» nos muestran cómo reaccionan las personas que viven aisladas, sin noticias y sin contacto con el mundo. Sus pensamientos se vuelven egoístas y su mente se desequilibra. Muchos desean pasar desapercibidos para no actuar y otros pegan puñetazos para intimidar al resto. No hay trabajo en equipo para crecer y mejorar como individuos, no, simplemente hay intolerancia. El tema de ganar un premio es secundario. Lo más importante sería tomar conciencia de que si esa forma de vida fuera para siempre, y que muchos niños nacieran en ese cautiverio y que esa clase de mundo sería lo que vendrá. ….la preparación debe ser grandiosa. Recordemos que cuando los españoles vinieron, muchas civilizaciones desaparecieron literalmente debajo de la Tierra. Muchos no creen que otra civilizacion vive en la tierra hueca, bueno allá ellos. Sin embargo, debido a la gran cantidad de hielo que hay en los casquetes es imposible entrar. Pero cuando eso se derrita, esa civilizacion podrá salir. Ahora bien, aqui va a estar todo contaminado con radiactividad. Serán lo suficientemente generosos para dejarnos compartir su eterno aislamiento de la superficie. Estaremos nosotros aptos para vivir debajo de la Tierra y formar un mundo nuevo allí con la luz interna, con agua de cavernas y algas marinas…..? Parece de ciencia ficción…pero no falta mucho.

AISLAMIENTO

Existe un aislamiento necesario que, lejos de separar, catapulta más tarde hacia la comunidad; es el tiempo del retiro y de la meditación, que habrá de fundar profundas comunidades. Pero hay un tiempo (el de Narciso) en donde la soledad resulta electiva voluntad de incomunicación y decisión de no salir de la propia pompa de jabón en que la mónada del ego ha decidido encerrarse absurdamente. La nómina de pensadores aislacionistas, encerrados en su aristocrática y altiva torre de marfil, es bastante más extensa de lo que parece, y podríamos citar muchísimos textos de F. Nietzsche o de A. Schopenhauer como este: «En general, no se puede estar al unísono perfecto más que con uno mismo; no se puede estar con el amigo, no se puede estar con la mujer amada, porque las diferencias de la individualidad y del >carácter producen siempre una disonancia, por débil que sea. Cuando el >yo es elevado y exuberante se disfruta de la situación más feliz que puede encontrarse en este mundo mezquino. Sí, digámoslo francamente: por íntimamente que la amistad, el amor y el matrimonio unan a los hombres, no quiere uno plenamente y de buena fe más que a sí mismo o a su hijo. Por consiguiente, cuanto menos necesidad se tenga, a causa de condiciones objetivas o subjetivas, de ponerse en contacto con los hombres, tanto mejor se encontrará uno. Porque la sociedad es insidiosa». Mal carácter parece tener Narciso; nada de extraño, por tanto, que sus matrimonios duren poco. Así las cosas, aquí sólo queremos referirnos a un ejemplo históricamente antonomásico al respecto, el más ultra de cuantos conocemos, el de Max Stimer, que en su libro EL Único y su propiedad escribe en 1844: « Mi Yo no es vacuidad, sino la Nada creadora, la Nada a partir de la cual Yo creo todo. ¡Al diablo, pues, toda causa que no sea pura y simplemente la Mía! Si Yo fundo mi causa en Mí, el único, ella descansa entonces en su creador mortal y perecedero, su creador que se consume él mismo, y Yo puedo decir: He basado mi causa en nada». A partir de este momento, quien demuestre que ha sido capaz de hacerse a sí mismo (tras la pauta de las sociologías burguesas del self made man) se creerá facultado para deshacer a los demás.

I. REFLEXIÓN SISTEMÁTICA

. Ahora bien, ¿se puede vivir real y verdaderamente en el aislamiento total? Al menos, y mientras Narciso Stimer ejerce la apología del aislamiento espiritual, intenta sobrevivir cotidianamente (en realidad vivir sobre los otros) nada menos que ¡con asociaciones de egoístas! funcionales y pragmáticas: «En tanto que egoísta, el bienestar de esa sociedad humana no Me interesa en absoluto, Yo no sacrifico nada a ella y no hago otra cosa que utilizarla; pero a fin de poder utilizarla plenamente Yo la transformo en Mi propiedad y en Mi criatura, es decir, que Yo la destruyo para crear en su lugar una asociación de egoístas». No hay que tomarlo a broma, pues los economistas de última hora nos proponen abiertamente una racionalidad moral basada en el egoísmo asociativo, de una moral por conveniencia, de una ética de los negocios, y a eso reducen el negocio de la ética. En realidad la «asociación del egoísta» (llamémosla así) no tiende de ninguna manera hacia el ser, sino, decididamente, hacia el >tener: « La historia antigua se cierra virtualmente el día en que Yo consigo hacer del mundo Mi propiedad. Con la ascensión del Yo a poseedor del mundo, el egoísmo consigue su primera victoria, y una victoria decisiva; ha vencido al mundo y lo ha suprimido, confiscando en su provecho la obra de una larga serie de siglos». Si le llevamos al oculista, en el fondo del ojo de Narciso siempre se divisa al unidimensional husmeador de tenencias, al teniente/terrateniente: « No te basta ser libre, debes ser más, debes ser propietario. La individualidad, es decir, mi propiedad, es toda mi existencia y mi esencia, es Yo mismo»;. Fuera de su Yo, oh torpe Narciso unidimensionalizado, sordo, teniente, no ve Narciso salvación, cuando lo único que cualquiera descubre allí es horror, ausencia de relación: incomunicación, desencuentro. Torcida o corrompida la posible reciprocidad de las conciencias, en el absurdo de la mala relación el Yo tiende a alterar al Tú, alterándose (sin alterificarse, sin hacerse alter) asimismo ese Yo. De esta guisa la intencionalidad es vivida no como «gracia sino, muy por el contrario, como des-gracia, como ajenación y como enajenación; la relación con el extraño es percibida entonces como extrañamiento; la relación con el ajeno es tomada como ocasión para una alienación sádica, infemalizante o destitutiva (Jean Paul Sartre). En ese clima el bello «todos los hombres son iguales» se torna agresivo y lamentable: «¡Todos los hombres sois iguales!». Alterarse, enajenarse, alienarse constituirán, así las cosas, la entraña del fracaso relacional que se salda cosificadoramente: el ‘sujeto (para sí) pretende apropiarse de la persona del «otro, pero tropieza con él porque le considera una mera cosa (un en sí). Irreductibles el en-sí y el para-sí, incomplementables e inacoplables en un imposible ser en-sí-para-sí, en lugar de la dialéctica nos topamos con el muro de la dualéctica, con el dualismo y el duelo. Así pues, donde pudo haber encuentro, hete aquí, sin embargo, que se alza ahora el muro del desencuentro, la crónica de un desamor, la eterna historia de una muerte relacional anunciada. Y donde pudo haber comunicación se da a partir de ahora incomunicación e interferencia, ruido comunicativo, mala vibración, disangelio. De este modo se lleva al terreno de las relaciones éticas humanas el fracaso que Protágoras pronosticó universalmente cuando afirmara aquello de «nada existe»; « si algo existiera sería incognoscible»; < si algo existiera y fuera cognoscible resultaría incomunicable». Desde luego Protágoras no podría ser nombrado patrono de la racionalidad comunicativa.

Así pues, cuando el ego quiere dominar al alter y entonces reducirlo a idem, identificarlo o hacerlo idéntico a sí propio, ya sea pretendiendo tomar al sí mismo como otro, o al otro como a sí mismo, entonces adviene la exclusión de su diferencia (de su identidad diferencial y diferenciada), el avasallamiento del otro en su calidad de irreductible a mi identidad definidora, la antítesis del tú-y-yo, esto es, la opción desgarradora del o-tú-o-yo, y las mil y una formas de reduccionismo avasallador que van desde el racismo y la xenofobia hasta la barbarie militarista e imperialista de cualquier índole como bien sabemos por desgracia. Dicho de otro modo, es ahora -en la egolatría fagocitadora- cuando estamos viendo producirse la apoteosis del principio de identidad anonadante sobre el principio de diferencia anonadado. Y en su forma atemperada, el principio de diferencia, abandonado a su propio infortunio, se torna principio de indiferencia, primer paso hacia el principio-exterminio antementado. Un poco más, y ni siquiera hay impío, como reza el Salmo 36.

«Hoy la tierra y los cielos me sonríen; hoy llega al fondo de mi alma el sol; hoy la he visto, la he visto y me ha mirado. ¡Hoy creo en Dios!». Desde luego el Narciso stirnerianizante de hoy no podría entender en absoluto a ese poeta -Bécquer- enamorado del rostro de la amada casi idolatrada, para la cual conserva todos sus sentidos alerta tras las huellas del Dante.

Para Narciso, Sociedad Limitada a Uno Solo, sin embargo, el amor se resuelve en filautía; la amistad en egofilía; hasta en el paisaje y en la naturaleza encuentra únicamente Narciso el reflejo y el eco de sí mismo. Y aunque Sigmund Freud afirmaba que, dada nuestra condición relacional, < el sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo, desde el mundo exterior y, por último, desde las relaciones con los otros seres humanos», sin embargo la respuesta a esas amenazas es respondida por Narciso desde la reclusión en el propio ego de avestruz.

fin

fuente

BIBL.: BUBER M., Yo y Tú, Caparrós, Madrid 1993; KIERKEGAARD S., Temor y temblor, Editora Nacional, Madrid 1975; RICOEÜR P, Soiméme comme un autre, Seuil, París 1990 SCHOPENHAUER A., El mundo como voluntad y representación, en Obras I, El Ateneo, Buenos Aires 1959; STIRNER M., El único y su propiedad, Labor, Barcelona 1984; UNAMUNO M. DE, El otro, Espasa-Calpe, Madrid 19926.

C. Díaz

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