Estacion Espacial Internacional

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IMAGINATE VIVIENDO ADENTRO DE LA ESTACION ESPACIAL INTERNACIONAL….
Lo primero que notaron los astronautas que fueron de visita, tras franquear la escotilla de acceso a Zvezdá y poner en marcha los sistemas de soporte vital, es que en la ISS el aire es más puro que en la Tierra: el sistema de regeneración trata de impedir que haya microorganismos que se ceben con unas defensas bajas por la falta de gravedad. Ya se sintieron mareados poco después del lanzamiento a causa de la microgravedad; ayer, empezaron a hacerse a la idea de que en su nueva casa no hay ni arriba ni abajo. Y a acostumbrarse a darse de narices con los pies de un compañero que se verá a sí mismo cabeza arriba, aunque su cráneo roce el suelo.
La cara se les hincha
Pero la ingravidez ocasionará a los tres astronautas bastante más que desorientación sensorial. La cara se les hincha porque el sistema circulatorio no tiene que hacer frente a la gravedad y llega mayor volumen de sangre a la cabeza. Y por cada mes en el espacio, el cuerpo pierde un 10% de masa muscular y un 1% de la ósea.No se puede evitar, pero se trata de paliar con una alimentación apropiada e intensas sesiones diarias de ejercicio, para las que en el futuro habrá en la ISS un gimnasio. Por ahora, los primeros inquilinos tendrán que hacer dos horas de caminata diaria en una cinta para intentar compensar los efectos de la ingravidez en el organismo. Cuando regresen a nuestro planeta en la misma cápsula que les ha llevado hasta la ISS -atracada en la estación como nave de salvamento en caso de emergencia-, notarán tal flojera de piernas que, como los cosmonautas que han vivido meses en la Mir, necesitarán ayuda para sostenerse en pie.
Dentro de la estación -compuesta ahora por dos módulos habitables-, la temperatura es de unos 20º C y vestirán como en casa. Si a Shepherd la maleta se la ha hecho la NASA con los mismos criterios que para una misión del transbordador espacial, dispondrá de un pantalón por semana, una muda para cada día, una camisa para cada tres, una chaqueta y un par de zapatos. El vestuario, dejando a un lado la ropa de trabajo, es cómodo.

La comida es otro cantar. Aunque ha mejorado desde los tiempos de los pioneros, la falta de gravedad y las limitaciones de peso a la hora de los despegues imponen sus restricciones. En esta primera misión, la despensa contiene, en su mayoría, alimentos deshidratados o termoestabilizados.La preparación, en el caso de los primeros, exige entre 20 y 30 minutos.Algunos platos de la carta: tortilla con pollo, pescado en salsa de tomate, cóctel de gambas, maiz… Y, como bebidas, café, zumo de naranja o albaricoque, y agua. Nada fresco ni congelado. La ISS no cuenta todavía con nevera ni congelador.

Para comer
Para comer -deberán hacerlo con cuidado para que la comida no acabe flotando-, los astronautas abrirán el paquete de cada plato con unas tijeras, y usarán cubiertos y una bandeja reutilizable que limpiarán con una toallita húmeda. Todo ello, anclados a algún sitio siempre que no quieran llevarse el tenedor a la boca flotando por el habitáculo.
El agua no sobra en órbita y emplearla como en casa sería un disparate.Así que tendrán que olvidarse de la reconfortante ducha: el aseo personal se limitará al uso de una esponja de baño.De hecho, en la ISS se recicla el 90% de la orina que los tripulantes miccionan en el único inodoro del complejo, a través de tubos -cada uno tiene el suyo- con entradas adaptadas a ambos sexos. Las heces -al igual que la orina, aspiradas por una bomba de succión- van a parar a un depósito para su conversión en abono o envío a la Tierra tal cual.
Llegado el momento del descanso, no buscarán cada uno su cama. No la hay. En su lugar, Shepherd, Guidzenko y Krikaliov se meterán en sacos enganchados a la pared y se atarán a los mismos con cintas elásticas.Además, se pondrán antifaces -las luces del habitáculo no se apagan- y tapones en los oídos. Los módulos rusos son tan ruidosos que, si no, no habría manera de conciliar el sueño.
Al margen de la falta de intimidad, aún cuando en la ISS llegue a haber en un futuro tripulantes de ambos sexos, hay que descartar cualquiera de las fantasías sexuales que los mortales de a pie creemos que pueden hacerse realidad en ingravidez. «Si empiezas a empujar, puedes enviar a tu pareja al otro lado de la cápsula espacial», afirma David Theison, profesor de Astronomía de la Universidad de Arizona. Así que, de cabriolas, nada. Además, si permitieran a una pareja hacer el amor en la ISS, seguramente desistiría: deberían embutirse en un arnés que los mantendría bien juntitos y que, a su vez, estaría anclado a las paredes para evitar que se pusieran a rebotar por la estación como una pelota.
Barreras culturales
En una estancia de dos semanas en órbita -lo que puede durar una misión del transbordador espacial- se notan todas esas incomodidades, y algunas más. Pero no se experimentan los efectos psicológicos que pueden sufrir Shepherd, Guidzenko y Krikaliov durante 117 días de confinamiento. El largo encierro está agravado por las barreras culturales, por mucho que hablen en esa mezcla de ruso e inglés que han bautizado como runglish. «En misiones internacionales, el lenguaje y las diferencias culturales son muy importantes», indica Nick Kanas, profesor de Psiquiatría de la Universidad de California y asesor de la NASA. En ese sentido, es Shepherd el que lo tiene más difícil.Está en minoría y experiencias anteriores en la Mir han demostrado que el astronauta solitario acaba la misión menos satisfecho que sus compañeros.
Imagínese encerrado en un piso durante cuatro meses con dos personas y cómo pueden deteriorarse las relaciones. Lo mismo les puede ocurrir a los astronautas. «Cualquier pequeño problema anterior se pone de relieve», advierte Kanas. =»left» />

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