QUE SIENTE UN HOMBRE A PUNTO DE SER FUSILADO?

los fusilamientos

LOS FUSILADOS QUE VIVEN

Prof. Mario Oporto,
Jefe de Gabinete de la Provincia de Buenos Aires

En la pintura de Goya Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en Madrid (1814), que se exhibe en el Museo del Prado, se ve una escena de ejecución, posiblemente insuperable desde el punto de vista artístico. El pelotón de soldados de Napoleón enfrenta a un grupo de civiles españoles desarmados y dispara a mansalva. Se nota que no es la primera vez que eso sucede en la escena que vemos porque ya hay una pila de cadáveres sangrando sobre el margen izquierdo del cuadro. Sobre la derecha, en cambio, algunas personas parecen rezar para que los verdugos no continúen su tarea. Pero lo más destacado de ese momento, uno de los más dramáticos de la historia del arte, es un hombre que aparece de rodillas, vestido con una camisa blanca, y abre los brazos frente a quienes se afirman en sus posiciones para matarlo. Toda la luz de la imagen se concentra allí, en un punto que tal vez no sea del todo el centro geográfico de la imagen pero que, sin dudas, es su centro moral. De allí surge un resplandor en el que la genialidad de Goya parece dejar caer sus opiniones políticas y hasta filosóficas sobre el mártir, cuyo valor -un valor fundado en la razón- es muy superior al terror que enfrenta.
Ese terror pictórico, general y detallado al mismo tiempo, individual y colectivo, parece responder a una sospecha muy bien fundada: no habrá sobrevivientes ese 3 de mayo. Pero quienes están sobreviviendo “mientras tanto”, quienes aún esperan que les llegue el turno del sacrificio como el hombre de la camisa blanca, son aquellos que le dan sentido a la escena. Porque antes de ser fusilados pueden dar testimonio de lo que significa un fusilamiento, aún cuando ese testimonio desaparezca más tarde. Mientras vivan, tendrán una conciencia personal acerca de la injusticia a la que se ven sometidos.
¿Cómo puede hacerse oír un ejecutado? Únicamente si se salva, es decir: si lo dan por muerto estando vivo. Eso fue lo que ocurrió cuando alguien le dijo a Rodolfo Walsh: “hay un fusilado que vive”. El confidente se refería a un fusilado que había sobrevivido a la matanza de los basurales de José León Suárez, sucedida entre la noche del 9 de junio y la madrugada del 10 de junio de 1956. Walsh descubre luego que no hay un sobreviviente sino siete, y comienza su investigación que termina con Operación Masacre (1957), una crónica testimonial escrita con el estilo de la mejor literatura y que, como una compensación estética del sufrimiento de sus protagonistas, terminó siendo pionera del género llamado “no ficción”.
La confesión sucedió “frente a un vaso de cerveza” en una noche calurosa, posiblemente en el Club de Ajedrez de La Plata, a menos de cien metros del despacho del gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Hasta ese momento el pensamiento de Walsh se había negado a volver a la noche del 9 de junio: “Valle no me interesa, Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?”. Una indiferencia parecida a la que Franz Kafka confiesa en su diario al principio de la Primera Guerra Mundial: “Por la mañana Alemania invadió Polonia. Por la tarde fui a nadar”. Pero a partir de entonces todo cambió y un manto de claridad comenzó a caer -como en el cuadro de Goya, que ha sido siempre la ilustración de tapa de Operación Masacre- sobre aquellos acontecimientos oscurecidos por el temor y el silencio.
La historia comenzó mucho antes, con el golpe institucional del 16 de septiembre de 1955 que derrocó a Perón. Y se detuvo en la proclama del 9 de junio de 1956, cuando las fuerzas populares del peronismo, compuestas de civiles y militares, pronunció su manifiesto de resistencia contra el gobierno del presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu. Se lo llamó Proclama del Movimiento de Recuperación Nacional, y en su encabezamiento se podía leer: “Las horas dolorosas que vive la República, y el clamor angustioso de su pueblo, sometido a la más cruda y despiadada tiranía, nos han decidido a tomar las armas para restablecer en nuestra patria el imperio de la libertad y la justicia al amparo de la Constitución y las leyes”.
La noche del 9 de junio de 1956 comenzó a las 23:30 y terminó tres días después, con el fusilamiento del general Juan José Valle. Fueron fusiladas 27 personas, muchas de ellas antes de promulgarse y difundirse por radio la ley marcial que violaba el Artículo 18 de la Constitución Nacional, en el que se establece la abolición de la pena de muerte por motivos políticos. Además de las de los basurales de León Suárez, hubo ejecuciones en la Unidad Regional de la Policía de la Provincia de Buenos Aires de Lanús, en el Regimiento 7 de Infantería y en el Bosque de La Plata, en Campo de Mayo, en la Escuela de Mecánica del Ejército, en la Penitenciaría Nacional y hasta en la puerta del Automóvil Club Argentino.
Mientras pasaban las horas, el gobierno de Aramburu anunció que hasta que no se entregara el General Valle, jefe de la rebelión, fusilarían una persona por día. Valle se entregó el 12 de junio y fue ejecutado esa misma noche pese a que ya no imperaba la ley marcial. Dejó cartas. Una, muy conmovedora, dirigida a su mujer (“Mi viejita, perdóname este final de nuestra vida”). Otra está destinada a Aramburu y comienza así: “Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado”. Es imposible no ver en su tono protocolar, temerario y profético algo de lo que -dicen- hubo luego en las palabras que Ernesto Guevara pronunció ante su asesino: “Usted va a matar a un hombre”. Pero luego Valle agrega párrafos más generales, como si le estuviera hablando a una especie determinada de hombres monstruos: “Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan”.
El contenido de las cartas de Valle -hechas de lucidez, sensibilidad y valentía- produjeron ecos memorables que más tarde pudimos leer en la Carta Abierta a la Junta Militar, de Rodolfo Walsh, enviada el 24 de marzo de 1977, y causa de su asesinato al día siguiente.
El fusilamiento del Coronel Manuel Dorrego en Navarro en 1828; la cabeza del Chacho Peñalosa exhibida en la punta de una lanza en la plaza central del pueblo de Olta en La Rioja en 1863; la matanza de casi 1500 obreros y líderes sindicales entre 1919 y 1923 en La Patagonia rebelde; la masacre de junio de 1956 de los patriotas que recordamos en este libro; los miles de hombre y mujeres torturados y asesinados por la última dictadura militar en la Argentina.
Siempre habrá alguien que nos recuerde que todos los “fusilados” –vivos o muertos– viven en la Historia.

fin

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